Muchas veces hemos odio o leído que con tan sólo un porcentaje irrisorio de un porcentaje (a su vez irrisorio), de la población mundial, de los más ricos del mundo, todos los males que se padecen por el concepto de pobreza, se erradicarían. Me pregunto, qué pasó que todavía no se hizo?

Bueno, como ingenuo, no voy a dejar de preguntarme estas cosas. Pero como pensador, es decir, como un ser con capacidad de reflexión, qué hacen los economistas, políticos, politólogos, sociólogos, y todo el resto de apuntadores sociales pidiendo y llorando por más riqueza? A qué dios le rezan? Hay que estar ciego para no ver que construir una torre más alta que otra, como se han empecinado algunos señores en Dubai, Estados Unidos y China (sin dejar de ser respetable un deseo respetable y siendo arbitrario con la lista) no sólo muestra que sobra la riqueza, sino que al fin y al cabo, no se le da el uso por el cual tantos actores sociales imploran por ella.

Es decir, la idea de generar más riqueza para lograr bienestar es como mínimo, engañosa. Ya no es una necesidad. No es necesario generar más riqueza para el bienestar. Entonces, con que motivo se repite sin cesar el anhelo del crecimiento por el crecimiento?

Se quiere hacer de lo finito, infinito. El crecimiento permanente y perpetuo de una economía es una idea que conduce al fracaso, sin embargo, no se puede dejar de repetir. La expansión tiene un límite (cuando menos temporal y estructural), y si eso no se respeta, el colapso es inevitable, el avasallamiento es inevitable.

La utilización de los recursos es tan violenta, que no hace más que reflejar una conducta belicosa, incluso en la economía. No hay que luchar, porque no hay donde ir, ni meta que empondere en ningún podio. Son lindas las torres, altas, ostentosas, un desafío y muestra de ingenio, si, pero, y? Salvaron una vida humana, liberaron a alguien de sus cadenas con ellas?

Los administradores y profesionales, con esta secuencia retórica no hacen más que reflejar su propia incapacidad para gestionar una realidad que sobrepasa con creces los artificios teóricos. Intentar meter a prepo la realidad en un tubo de ensayo, no da buen resultado. Si no funciona, es porque no funciona. No es la sequía o la inundación o el crédito, es decir, si es todo, todo eso no funciona. Es un fracaso, aunque duela admitirlo.

Dejar de competir sería un alivio. La economía basada en la competencia es la ruina. Ruina del que pierde y del que gana. Incluso las mayores economías adolecen de problemas estructurales. Sólo algunos países que se han autoexcluido de alguna manera de esta batalla, poseen economías sustentables. Sustentables aquí como el reflejo de un estado de bienestar social general.

No quiero remitirme al Estado benefactor, ya que eso sería incompleto. El cambio debe ser más profundo, no sólo porque tenemos las herramientas técnicas, sino porque es necesario modificar nuestra visión de las cosas para que realmente tenga un resultado próspero. México o Brasil no son países a los cuales se les pueda categorizar como pobres, sin embargo, con su alta generación de riqueza, no logran cumplir objetivos mucho más elevados y de relevancia  ética. La respuesta es sencilla, la riqueza no es la respuesta, el crecimiento no es la respuesta.

Basar nuestra economía en otros valores y objetivos, es de fundamental importancia. Eso es lo que en definitiva, le pondrá fin a este circo de constantes crisis y penurias.

 

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