El informe Desperdicio de alimentos en época de crisis daba a conocer que las personas suelen tirar a la basura un tercio de la comida que se sirven. Lo cierto es que esta tendencia se repite no solo en el consumo de alimentos, y no solo en los países más ricos; en general, la nuestra es mayoritariamente una sociedad donde impera el hiperconsumo, donde querer tener enmascara el verdadero deseo interno de querer ser. Comprar es, pues, nuestro personal tributo al dios–dinero, y es la forma en que nosotros incentivamos el sistema financiero, el mismo que está, con participación nuestra, acabando con los recursos humanos y naturales del planeta. Sin embargo, y motivados por esta nueva conciencia que nos heredan las varias crisis que estamos enfrentando, hay una tendencia creciente de diversos movimientos que están, cada uno a su manera, poniendo en práctica nuevas formas de economía y subsistencia, nuevas maneras de «administrar» la casa, buscando restablecer la conexión perdida con la naturaleza y con el propio ser humano.

En Estados Unidos, por ejemplo, desde principios de los noventa nacieron las primeras comunidades de quienes se hacen llamar freegan (frigano, en español), y que se dedican a extraer de la basura tanto comida como utensilios en buen estado. Se trata de una corriente pacífica que ha sido replicada en muchas ciudades del mundo, y que con sus acciones, intentan oponerse al hiperconsumismo y a su consecuencia más directa: el hiperdesperdicio. Es la denuncia social de quienes nuestra sociedad denomina despectivamente «indigentes», pero convertida en un movimiento organizado que ya funciona en Estados Unidos, Brasil, Argentina, España, Corea, Estonia, Suiza y Gran Bretaña. En la actualidad, y aunque es difícil registrar a todos, se tiene conocimiento de unas cuatro mil comunidades de freegans que engloban a más de tres millones de personas repartidas por todo el mundo.

La crisis inmobiliaria, con su burbuja reventada entre 2007 y 2008, y de la que nos han dicho que fue la principal culpable del último crack económico, también ha generado su propio contra–movimiento social, pues, frente a los desahucios masivos organizados por la banca y el capital privado, cada vez son más las personas que, obligadas por las circunstancias o no, de manera organizada o no, han decidido irse a vivir en las denominadas tiny houses (casas pequeñas) como una forma de oponerse a la desmesurada usura del sistema inmobiliario. El Tiny Houses Mouvement, igual que el movimiento freegan, también existe desde mitad de la década de los noventa, pero ante los acontecimientos recientes ha ido ganando popularidad y seguidores en diversas partes del mundo, principalmente en los países desarrollados, y a las afueras de las grandes ciudades, donde comprar una propiedad es casi prohibitivo, y pagar un alquiler (incluso de lugares minúsculos) se ha convertido en una pesada carga económica para los ciudadanos, con sus consecuencias psicológicas tanto a nivel individual como social.

¿Movimientos utópicos? Podría ser. En todo caso, ese relato de «la isla donde existe el paraíso en la tierra», hecho por Thomas More en 1516, sigue inspirando y motivando la búsqueda de una sociedad más ética; y algunos la van encontrando, aunque solo sea por periodos específicos de tiempo y con grupos que piensan y sienten de manera similar. En pos de la utopía se camina —dicen— y a veces, hasta es posible «alquilarla», tal como hicieron en 2006 dos jóvenes ingleses que literalmente rentaron la isla Voroboro, situada en Oceanía, para realizar en ella un «experimento utópico»; así, por noventa y cinco mil dólares al año de renta simbólica por la isla, convocaron a ciudadanos de todo el mundo para que fueran a disfrutar de ese paradisíaco enclave, pero no como simples turistas, sino contribuyendo a crear con sus propias manos un desarrollo sostenible, supervisados por los habitantes nativos del sitio. Aquel experimento llamado Tribe Wanted (se busca tribu) estaba pensado para terminar a los tres años; sin embargo, la experiencia, a la que asistieron miles de personas de todos los rincones del planeta, no solo no ha finalizado, sino que, de las islas Fiji (donde está Voroboro) ahora se ha extendido a enclaves de Sierra Leona, en África; a Umbria, en Italia; a la isla de Bali o a Papúa, en Nueva Guinea; allí se instalan por un tiempo quienes quieren, aunque sea por un periodo de su vida, contribuir al sueño —supuestamente utópico— de la sociedad perfecta.

Estos no son, ni de lejos, los únicos casos de búsquedas y hallazgos de nuevas formas de economía y subsistencia; existen ahora grupos organizados del llamado «humaniturismo» que se organizan para visitar sitios del mundo golpeados por los desastres o las guerras con el fin de conocer los lugares y echar una mano con causas o necesidades específicas. Existen grupos en localidades de las grandes ciudades que están iniciando movimientos de agricultura sustentable en lotes abandonados o jardines públicos para alimentar a las comunidades aledañas. Existen también, conectadas por Internet, infinidad de comunidades digitales que se hacen globales y comparten información sobre modos de vida con el menor dinero posible, o de intercambio de objetos y servicios de manera gratuita. Aunque todos son diferentes, se trata (a pesar de que no seamos capaces de verlo) de un solo movimiento de mil caras: es la humanidad que no solo intuye, sino que sabe que otro mundo mejor y más bello es posible, a pesar de que el edificio financiero y monetario actual se esté cayendo a pedazos, o tal vez, es precisamente esa caída la que propicia esos nuevos experimentos sociales, económicos y humanos.

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