Un nuevo sistema requiere de nuevos paradigmas

La palabra «economía» proviene del griego oikonomía, que significa «las reglas necesarias para llevar o administrar una casa, o una familia». En la acepción actual, economía es una ciencia que engloba las nociones sobre cómo las sociedades utilizan recursos escasos para producir bienes, y cómo han de ser distribuidos; algunos libros de texto de nuestros días la definen incluso como el estudio del comportamiento humano en tiempos de escasez; es decir, que el concepto vigente de la economía incorpora la escasez como punto de partida, y la escasez se define básicamente como un escenario de insuficiencia de recursos fundamentales para satisfacer las necesidades de un individuo o de una sociedad. Pero, ¿realmente vivimos en un mundo con escasez de recursos? ¿Realmente enfrentamos —como dice la definición etimológica de economía— una insuficiencia de medios y bienes para esta casa, esta familia, que somos todos los habitantes del planeta?

En el informe Desperdicio de alimentos en época de crisis, elaborado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (fao por sus siglas en inglés) y liberado en el año 2009, se determinó que anualmente se desechan en el mundo 1.3 millones de toneladas de comida; la mitad de esos alimentos van a dar a la basura aun antes de llegar a los consumidores. Por otro lado, la organización internacional Save the Children dio a conocer en 2011 que si los países más desarrollados hubieran cedido apenas seis días de su partida diaria destinada al gasto militar podrían haberse cubierto los dieciséis mil millones de dólares necesarios para que los niños de todo el mundo recibieran educación básica antes de finalizar el año 2015. Entonces ¿está el mundo realmente en crisis y en condiciones de escasez de recursos, sean estos naturales o monetarios? ¿O será más bien que la crisis que enfrentamos es de otra índole, tal como afirma el autor de Sacroeconomía?

Lo que genera escasez no son nuestros medios, sino nuestras percepciones —afirma en entrevista para Corresponsal de Paz Charles Einseinstein—. El sistema monetario actual es la manifestación de una mentalidad que ha dominado a la sociedad durante siglos enteros […] la filántropa Lynn Twist, por ejemplo, equipara al actual sistema con el juego infantil de las sillas: si hay más jugadores que sillas, todos competiremos e incluso pelearemos con otros con tal de encontrar un sitio, pero irremediablemente alguien quedará fuera […] así es el juego, y nosotros, al participar, co–creamos y recreamos a un sistema que acaba volviéndose contra nosotros. Y luego aparecen trampas como la avaricia o la usura, que no son, como solemos pensar, las causas de la crisis, sino meros síntomas del fallo sistémico. Pero las reglas del juego pueden cambiarse, y por eso, esta crisis es una gran oportunidad para hacernos otro tipo de preguntas. Tal vez tardaremos algún tiempo en encontrar respuestas, pero al menos emprenderemos caminos diferentes que nos lleven a nuevas conexiones, tanto con nosotros mismos como con el planeta que habitamos, puesto que estos son los verdaderos recursos con los que contamos.

Para este autor y filósofo estadounidense, la clave se encuentra en la interconexión; y esa reconexión debería ser el «nuevo valor del nuevo dinero», porque, como dijo en su momento el también filósofo y fundador del idealismo alemán Immanuel Kant, «en un mundo redondo, todos nos acabamos encontrando»; al parecer, ya él había comprendido esta misma clave desde el siglo xvii. La afirmación, nunca como hoy, cobra tanto sentido, pues, poco a poco pero a pasos agigantados, los problemas del mundo nos están acercando y cercando más: destrucción del medio ambiente, desastres naturales por el cambio climático, riesgos alimentarios, pobreza extrema, migraciones masivas, derrumbes financieros, precariedad laboral, inseguridad y violencia […] estas situaciones son comunes para todos hoy, y de alguna manera nos igualan, sin importar en qué latitud del planeta nos encontremos o a qué supuesta clase social pertenezcamos. A pesar de que la realidad nos une, aparentemente es nuestra idea de economía y dinero lo que nos separa.

En diversas partes de Sacroeconomía, Charles Einseistein afirma y se pregunta:

El extremo de la separación, que es lo que estamos viviendo, ya contiene necesariamente la semilla de lo que viene a continuación: el reencuentro […] la comunidad del futuro surgirá de las necesidades que el dinero, por su propia naturaleza no puede cubrir […] ¿Te imaginas una sociedad en la que el mayor prestigio y poder recayera en quienes mostraran una mayor propensión a dar? ¿Cómo sería el mundo si el nuevo dinero estuviera respaldado por riquezas como el agua limpia, el aire sin contaminar, los ecosistemas saludables y el acervo cultural? […] Dejemos de temer y de resistirnos al colapso […] Ahora es momento de preguntarnos qué relato colectivo deseamos, y elijamos por fin un sistema monetario que sea coherente a ese relato […] Preguntémonos: ¿En qué podemos contribuir cada uno de nosotros para construir un mundo distinto, un mundo más bello?

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