La verdad, el verdadero Dios -Dios verdadero, no el Dios que es hechura del hombre- no quiere una mente que ha sido destruida, una mente trivial, superficial, estrecha, limitada. Necesita una mente sana, una mente rica -rica no en conocimientos sino en inocencia-, una mente sobre la cual jamás haya habido una marca dejada por la experiencia, una mente libre del tiempo. Los dioses que ustedes han inventado para confortarse aceptan la tortura, aceptan una mente que se ha embotado. Pero aquello que es verdadero no lo acepta; quiere un ser humano completo, total, un ser humano cuyo corazón sea pleno, rico, claro, capaz de sentir intensamente, capaz de ver la belleza de un árbol, la sonrisa de un niño, la angustia de una mujer que jamás ha tenido una comida completa.
Debemos tener este sentimiento extraordinario, esta sensibilidad hacia todo: hacia el animal, hacia el gato que se pasea encima del muro, hacia la escualidez, la suciedad, la inmundicia de los seres humanos que viven en la extrema pobreza, en la desesperación. Debemos ser sensibles, lo cual implica sentir intensamente, no en cierta dirección particular, no como una emoción que va y viene, sino ser sensibles con nuestros nervios, nuestros ojos, nuestro cuerpo, nuestros oídos, nuestra voz. Debemos ser completamente sensibles todo el tiempo. A menos que uno sea tan plenamente sensible, no hay inteligencia. La inteligencia adviene con la sensibilidad y la observación.

Jiddu Krishnamurti.

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