Un septuagenario autodenominado socialista se convirtió en el candidato de la juventud en Estados Unidos. ¿Cómo sucedió eso? ¿Quedará algo del “fenómeno Bernie Sanders” después de las primarias?

La campaña de Bernie Sanders atrajo la atención de los medios de comunicación y de gran parte de la izquierda en todo el mundo. Desde que lanzó su precandidatura en el partido demócrata, realizó actos masivos, reunió miles de voluntarios en todo el país, rompió el récord de aportes económicos individuales que había logrado Barack Obama en 2008 y le presentó competencia a la favorita Hillary Clinton. La primera ronda de las primarias había mostrado una carrera ajustada entre Bernie Sanders y Hillary Clinton, pero los resultados del Supermartes ya instalaron en los medios a Clinton como ganadora irreversible, con una diferencia total (incluyendo delegados y superdelegados) de 71 % – 29 %. Sin embargo, lo que oculta ese conteo es que no existe tal diferencia en el voto popular, de hecho si se contabilizaran solo esos votos, la diferencia se achicaría a 61 % – 39 % (Ver recuadro). Aun con pocas chances matemáticas de acceder a la nominación, el entusiasmo en torno a la campaña de Sanders ya lo convirtió en un fenómeno político.

La antipolítica y el sentimiento antiestablishment

El descontento con el establishment no es un fenómeno exclusivo de Estados Unidos y no son pocos los analistas que comparan el fenómeno de Sanders con el de Jeremy Corbyn en el Reino Unido o Podemos en el Estado español. Un rasgo central en común es estar motorizados por la juventud, como demostró la afiliación masiva al Partido Laborista, que bajó la edad promedio del partido de 53 a 42 años. En el caso de Sanders, la mayoría abrumadora de voluntarios que nutren su campaña, algo que no posee ningún otro candidato republicano o demócrata en las primarias, son menores de 30. La antipolítica no se traduce automáticamente en un fenómeno progresivo o de izquierda y así lo confirman el crecimiento de Ciudadanos en el Estado español, la UKIP en el Reino Unido, el Frente Nacional en Francia, la militancia juvenil en Aurora Dorada en Grecia, o el crecimiento de organizaciones neonazis o xenófobas como Pégida en Alemania frente a la crisis migratoria. Pero en Estado Unidos el sentimiento antiestablishment se ha canalizado mayoritariamente a través de la campaña de Sanders, aunque Trump también explote parte de este fenómeno (ver artículo en esta revista). ¿Por qué?

No es el candidato, son sus votantes

La base juvenil de la campaña de Sanders está presente de forma transversal al interior de los movimientos sociales que surgieron y se desarrollaron en los últimos años1. Existió entre estos movimientos una suerte de sinergia, en la que los nuevos retomaron aspectos progresivos de sus predecesores y los incorporaron como parte de sus cuestionamientos y demandas. Por ejemplo, Occupy Wall Sreet no es hoy un movimiento activo, pero la idea que instaló de la lucha contra el 1 % más rico está presente en casi cualquier movimiento social actual, incluso es un aspecto fundamental de la retórica de Sanders. Con excepción del movimiento antiguerra2, la ausencia de derrotas significativas ha permitido esta “retroalimentación”. El movimiento Black Lives Matter (BLM), que pelea contra la brutalidad policial racista, identificó rápidamente la existencia de la desigualdad económica porque los jóvenes asesinados suelen ser pobres y de familias trabajadoras, igual que la mayoría de la población carcelaria. Algo similar sucede con el movimiento del salario mínimo de 15 dólares la hora, donde se mezclan las demandas de aumento del salario y la lucha contra el racismo y por los derechos de los inmigrantes. Sanders toma parte de las reivindicaciones de estos sectores e incluso va ajustando su programa, como lo demostró al incluir demandas de BLM que estaban ausentes en su plataforma inicial. Estos movimientos son heterogéneos y su núcleo activo es minoritario. Sin embargo el impacto de sus acciones genera simpatía en una franja de millones de jóvenes pertenecientes a una nueva generación conocida con el nombre de millennials.

¿Quiénes son esos jóvenes que apoyan a Sanders?

En 2015, los millennials (como se conoce a los nacidos después de 1980) se convirtieron en la generación viva más grande de Estados Unidos, superando en número a los baby boomers (nacidos durante el boom de posguerra). Esta generación sobrecalificada, subempleada y sobreendeudada se transformó en protagonista de las elecciones primarias, la primera competencia de la carrera presidencial. Su participación causó estragos especialmente en la interna demócrata, donde la juventud ha sido un obstáculo para la “coronación” de Hillary Clinton. Gracias al voto de la franja entre 18 y 34 años Sanders arrasó en los bloques electorales donde Clinton era favorita, como las mujeres y los afroamericanos. En enero de 2016, la tasa de desempleo era del 4,9 % según las estadísticas oficiales, pero entre las personas de 16 a 19 años ascendía a 16 %, y a 8 % entre quienes tienen de 20 a 24 años. El 12 % de los millennials vive debajo de la línea de pobreza y el 14,9 % de sus graduados está subempleado (EPI, The Class of 2015). Un tercio de esta generación vuelve a la casa familiar después de graduarse por la imposibilidad económica de vivir de forma independiente, agobiados por los préstamos educativos. Los egresados en 2015 se convirtieron en los más endeudados de la historia: en promedio cada estudiante deberá más de 35 mil dólares al graduarse (2 mil dólares más que en 2014). El total de la deuda universitaria (1,2 billones de dólares) solo es superada por las deudas hipotecarias y 40 millones de personas tienen deudas por el pago de sus estudios.

En síntesis, los millennials son una generación que en su mayoría sabe que vivirá peor que la de sus padres, que no accederá a una vivienda propia, que vivirá endeudada en caso de ir a la universidad y egresará para emplearse probablemente en un trabajo precario y con bajos salarios. Sin embargo este panorama sombrío no los ha empujado al individualismo o la apatía ideológica, como las generaciones previas X e Y, marcadas por la caída de la Unión Soviética y el discurso triunfalista del capitalismo. Los millennials no vivieron las mieles de ese “triunfalismo neoliberal”, solo llegaron para la miseria que siguió con la catástrofe posterior.

¿Qué tiene el discurso de Bernie Sanders que atrae a estos jóvenes? Sencillamente que les habla de lo que les sucede, habla de sus problemas: la desigualdad económica, el sobreendeudamiento de los universitarios, el desempleo. Transforma en consignas sus demandas, como educación universitaria gratuita y condonación de parte de la deuda estudiantil, acceso público a la salud; y les brinda con su “revolución política” un horizonte para pelear contra los culpables de la desigualdad, la elite política y financiera, Wall Street y Washington.

¿Socialistas?

Una de las características de Sanders es autodenominarse socialista (aunque en los últimos meses prefirió llamarse socialista democrático), y lo curioso es que una parte importante de la juventud parece no solo no molestarse con esta calificación, sino que simpatiza con ella.

Es indiscutible que la sociedad estadounidense está polarizada. Una serie de encuestas sobre la opinión acerca del capitalismo y el socialismo no desmiente esa polarización, sino que la confirma en torno a la idea las visiones existentes entre el socialismo y el capitalismo. Entre los menores de 30 años son 43 % los que tiene una visión favorable del socialismo y un 32 % con respecto al capitalismo (YouGov). Algo similar muestra unaconsultora de la derecha conservadora que observa con preocupación el extremo grado de “radicalismo” de la juventud. No solo un 58 % respondió que el socialismo es el sistema político que toma más en cuenta los problemas de la gente (el 9 % respondió el comunismo), el 66 % cree que las corporaciones “representan todo lo que está mal en Estados Unidos”. No son nacionalistas (no admiran la “grandeza” de EE. UU.), incluso el 35 % de las personas de 18 a 26 años se sienten más ciudadanos del mundo que de Estados Unidos. ¿Cómo se explica esto?

El periodista británico Owen Jones lo resumió muy bien al decir que esta generación estaba mucho más cerca de la caída de Lehman que de la del Muro de Berlín. No es el único. Un artículo de John Cassidy en The New Yorker lo puso en estos términos: “La estigmatización de los políticos y las ideas de izquierda se remonta a la Guerra Fría, que terminó hace veinticinco años”. El economista Thomas Piketty arriesgó en el diario inglésThe Guardian, “… estamos frente al final del ciclo político-ideológico abierto con la victoria de Ronald Reagan en las elecciones de 1980”.

Es posible que los millennials tengan una idea demasiado vaga del socialismo, posiblemente asociada a una idea de igualdad en general, pero lo que es seguro es que el capitalismo no les ha dado motivos para creer lo contrario. Desde 1975, casi la mitad del crecimiento de los ingresos por hogar en Estados Unidos fueron para al 1 % más rico (OECD). Son los grandes perdedores de la recesión y la recuperación y quizás una buena fotografía del futuro que promete esta sociedad.

El discurso triunfalista del capitalismo luego la caída de la Unión Soviética es tan lejano a esta generación como los fundamentos ideológicos que se arrastraban desde la Guerra Fría. Tras la caída del muro, EE. UU. debió encontrar nuevos enemigos, emprender guerras impopulares y lidiar con una crisis económica de magnitud histórica. Esto fue licuando ese discurso triunfalista y agudizando la crisis de hegemonía estadounidense. Los “efectos positivos” están a la vista, una parte de la población cree que el socialismo puede ser un mejor sistema que el capitalismo, algo impensado 25 años atrás en el corazón del imperialismo. Sin embargo, los efectos devastadores de la restauración conservadora y neoliberal3 de fines del siglo XX y principios del XXI, que borraron la idea de revolución del horizonte, tienen su impacto en lo que hoy se entiende por “socialismo”, que puede estar asociado a una idea confusa o romántica, cuando no simplemente como una perspectiva asociada al Estado de bienestar o como mucho socialdemócrata.

Aún así, esta combinación dio lugar a una generación sin los prejuicios previos que, sumada a los efectos de la decadencia hegemónica estadounidense, son buen terreno para contrarrestar las consecuencias ideológicas nefastas del neoliberalismo. Esto no significa un recorrido armonioso y lineal sino, seguramente, caótico y confuso. En este marco, se podría ubicar al apoyo y las expectativas en la “revolución política” que promete Sanders.

¿Hay vida después de Sanders?

La campaña de Barack Obama en 2008 fue un preanuncio del cambio de una generación desmotivada y apática a una que apostó su esperanza en el cambio que representaba la llegada del primer afroamericano a la presidencia. Para ellos, el gobierno de Obama fue una decepción: promesas rotas sobre el cierre de Guantánamo y la reforma migratoria, junto al rescate a los bancos y grandes empresas. Esta experiencia, combinada con la crisis económica, se expresó en una mayor participación política juvenil, inquietud ideológica y movimientos sociales. Ese cambio explica en gran parte el atractivo de la campaña de Sanders, cuyo programa tiende a confluir con parte de las aspiraciones de estos sectores. Sin embargo, las expectativas que despertó su candidatura encontrarán grandes límites. El principal es el hecho de que Sanders haya decidido postularse como candidato demócrata. Los demócratas funcionan, junto a los republicanos, como una de las dos alas del sistema bipartidista que ha garantizado históricamente los intereses imperialistas y del establishment estadounidense. Pero especialmente el partido Demócrata tiene una larga trayectoria en cooptar y desactivar movimientos políticos y sociales que surgen a su izquierda, como sucedió con el movimiento contra la guerra de Vietnam o el movimiento de derechos civiles. Así lo evidenciaron naufragios como las candidaturas “antiguerra” de los años ‘60 (Kennedy y McCarthy) o la del activista afroamericano Jesse Jackson en los años ‘80. No hace falta aclarar que ninguno fue nominado, estas candidaturas con ejes “antisistémicos” fueron desactivadas mediante maniobras y mecanismos del partido. El esquema vuelve a repetirse hoy, intentando canalizar el descontento con la elite política y económica hacia el interior del partido Demócrata, para lo que la candidatura de Sanders es funcional (por este motivo, fue bienvenida su decisión de entrar en la carrera demócrata, a pesar de algún dolor de cabeza). Por otra parte, están las propias contradicciones entre Sanders y su base. En primer lugar, sus votaciones junto a los demócratas relacionadas con la guerra en Afganistán o su firme apoyo al Estado de Israel, que en última instancia expresan un compromiso con los principales ejes de la política exterior imperialista. En segundo lugar, su compromiso de apoyo a Clinton en caso de ganar la nominación. Y por último, su casi nulo cuestionamiento a los mecanismos antidemocráticos del partido como los “superdelegados”, que contradice en los hechos el concepto básico de “1 persona 1 voto”. Mediante estos delegados de elite (gobernadores, funcionarios del partido, legisladores), cuyo voto equivale aproximadamente al de 10 mil votantes4 “rasos”, la dirección del partido y sus donantes imponen sus candidatos. Este mecanismo se vio concretamente en la primaria de New Hampshire, donde Sanders se impuso ampliamente en el voto popular pero ambos candidatos cosecharon la misma cantidad de delegados. En resumen, Sanders terminará llamando a su base entusiasta a votar por la candidata del establishment y por un partido que es irreformable. Queda aún por verse qué porcentaje de los votantes de Sanders apoyarán a Hillary Clinton en las generales. Algunas encuestas muestran que hasta un 50 % de los votantes de Sanders podrían no votar a Clinton. Y si bien estos datos aún son hipotéticos, se condicen con las encuestas que, para los votantes, Sanders sería un mejor competidor frente a cualquiera de los potenciales candidatos republicanos, incluso contra Trump, a quien podría derrotar por 8 puntos mientras que Hillary solo lo haría por 3,4 %5.

Gran parte de la izquierda mundial viene apostando a fenómenos reformistas como el máximo horizonte al que se podría aspirar hoy. Esto incluye el apoyo a corrientes como Syriza, Podemos y figuras como Jeremy Corbyn o Bernie Sanders de formas más o menos acríticas. En EE. UU. esto se tradujo en una discusión sobre las posibilidades de que la candidatura de Sanders genere a su alrededor un movimiento político y las chances de que ésta pueda capitalizarlo, ya que a pesar de su pequeña escala la izquierda supo conquistar lazos con los movimientos actuales (como mostró la elección de la concejala socialista Kshama Sawant en Seattle, apoyada en la campaña por el aumento del salario mínimo). Estos lazos se pueden ampliar y expandir, siempre y cuando el diálogo entablado por la izquierda con la base que hoy apoya a Sanders no anule la crítica abierta del programa y las contradicciones de su candidatura, empezando por la de presentarse dentro del partido demócrata. Y sobre todo, mientras la izquierda mantenga en el centro de su estrategia la construcción de una organización independiente de los partidos del establishment. El debate sobre el surgimiento de ese movimiento cuenta también con detractores firmes como James Petras, que reducen el problema a su expresión electoral y por lo tanto señala que, como sus predecesores, la base electoral de Sanders “tiene una debilidad estratégica: está en la naturaleza de los movimientos electorales formase para las elecciones y disolverse después de la votación”6, dejando como único escenario posible el de una desmoralización masiva luego de una derrota de Sanders en la interna. Sin embargo, la continuidad y el desarrollo de los movimientos y su entrada en el terreno político comprueban que el fenómeno actual supera al candidato: se encuentra en sus votantes, y es muy temprano para afirmar que terminará con las primarias.

Fuente: http://flip.it/LbENF

Celeste Murillo y Juan Andrés Gallardo
La Izquierda Diario

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