La singularidad de la guerra fría estribaba en que, objetivamente hablando, no había ningún peligro inminente de guerra mundial. Más aún: pese a la retórica apocalíptica de ambos bandos, sobre todo del lado norteamericano, los gobiernos de ambas superpotencias aceptaron el reparto global de fuerzas establecido al final de la segunda guerra mundial, lo que suponía un equilibrio de poderes muy desigual pero indiscutido. La URSS dominaba o ejercía una influencia preponderante en una parte del globo: la zona ocupada por el ejército rojo y otras fuerzas armadas comunistas al final de la guerra, sin intentar extender más allá su esfera de influencia por la fuerza de las armas.

Los Estados Unidos controlaban y dominaban el resto del mundo capitalista, además del hemisferio occidental y los océanos, asumiendo los restos de la vieja hegemonía imperial de las antiguas potencias coloniales.

Si Washington esperaba «serias alteraciones de posguerra» que socavasen «la estabilidad social, política y económica del mundo» (Dean Acheson, citado en Kolko, 1969, p. 485) era porque al acabar la guerra los países beligerantes, con la excepción de los Estados Unidos, eran mundos en ruinas habitados por lo que a los norteamericanos les parecían poblaciones hambrientas, desesperadas y tal vez radicalizadas, predispuestas a prestar oído a los cantos de sirena de la revolución social y de políticas económicas incompatibles con el sistema internacional de libertad de empresa, libre mercado y libertad de movimiento de capitales que había de salvar a los Estados Unidos y al mundo. Además, el sistema internacional de antes de la guerra se había hundido, dejando a los Estados Unidos frente a una URSS comunista enormemente fortalecida que ocupaba amplias extensiones de Europa y extensiones aún más amplias del mundo no europeo, cuyo futuro político parecía incierto. Menos que en ese mundo explosivo e inestable todo lo que ocurriera era probable que debilitase al capitalismo de los Estados Unidos, y fortaleciese a la potencia que había nacido por y para la revolución.

La situación en la inmediata posguerra en muchos de los países liberados y ocupados parecía contraria a los políticos moderados, con escasos apoyos salvo el de sus aliados occidentales, asediados desde dentro y fuera de sus gobiernos por los comunistas, que después de la guerra aparecieron en todas partes con mucha más fuerza que en cualquier otro tiempo anterior y, a veces, como los partidos y formaciones políticas mayores en sus respectivos países. El primer ministro (socialista) de Francia fue a Washington a advertir que, sin apoyo económico, probablemente sucumbiría ante los comunistas.

La pésima cosecha de 1946, seguida por el terrible invierno de 1946-1947, puso aún más nerviosos tanto a los políticos europeos como a los asesores presidenciales norteamericanos.

En esas circunstancias no es sorprendente que la alianza que habían mantenido durante la guerra las principales potencias capitalista y socialista, ésta ahora a la cabeza de su propia esfera de influencia, se rompiera, como tan a menudo sucede con coaliciones aún menos heterogéneas al acabar una guerra. Sin embargo, ello no basta para explicar por qué la política de los Estados Unidos -los aliados y satélites de Washington, con la posible excepción de Gran Bretaña, mostraron una vehemencia mucho menor- tenía que basarse, por lo menos en sus manifestaciones públicas, en presentar el escenario de pesadilla de una superpotencia moscovita lanzada a la inmediata conquista del planeta, al frente de una «conspiración comunista mundial» y atea siempre dispuesta a derrocar los dominios de la libertad.
Y mucho menos sirve esa ruptura para explicar la retórica de J. F. Kennedy durante la campaña presidencial de I960, cuando era impensable que lo que el primer ministro británico Harold Macmillan denominó «nuestra sociedad libre actual, la nueva forma de capitalismo» (Horne. 1989, vol. II, p. 238) pudiera considerarse directamente amenazada.

Eric Hosbawm. La historia del siglo XX.

Anuncios