Notas sobre historia. El lugar de las colonias.

La economía mundial del capitalismo de la era imperialista penetró y transformó prácticamente todas las regiones del planeta, aunque, tras la revolución de octubre, se detuvo provisionalmente ante las fronteras de la URSS. Esa es la razón por la que la Gran Depresión de 1929-1933 resultó un hito tan decisivo en la historia del antiimperialismo y de los movimientos de liberación del tercer mundo. Todos los países, con independencia de su riqueza y de sus características económicas, culturales y políticas, se vieron arrastrados hacia el mercado mundial cuando entraron en contacto con las potencias del Atlántico norte, salvo en los casos en que los hombres de negocios y los gobiernos occidentales los consideraron carentes de interés económico, aunque pintorescos, como les sucedió a los beduinos de los grandes desiertos antes de que se descubriera la existencia de petróleo o gas natural en su inhóspito territorio. La posición que se les reservaba en el mercado mundial era la de suministradores de productos primarios —las materias primas para la industria y la energía, y los productos agrícolas y ganaderos— y la de destinatarios de las inversiones, principalmente en forma de préstamos a los gobiernos, o en las infraestructuras del transporte, las comunicaciones o los equipamientos urbanos, sin las cuales no se podían explotar con eficacia los recursos de los países dependientes.

La industrialización del mundo dependiente no figuraba en los planes de los desarrollados, ni siquiera en países como los del cono sur de América Latina, donde parecía lógico transformar productos alimentarios locales como la carne, que podía envasarse para que fuera más fácilmente transportada. Después de todo, enlatar sardinas y embotellar vino de Oporto no habían servido para industrializar Portugal, y tampoco era eso lo que se pretendía. De hecho, en el esquema de la mayoría de los estados y empresarios de los países del norte, al mundo dependiente le correspondía pagar las manufacturas que importaba mediante la venta de sus productos primarios. Tal había sido el principio en que se había basado el funcionamiento de la economía mundial dominada por Gran Bretaña en el período anterior a 1914 {La era del imperio, capítulo 2) aunque, excepto en el caso de los países del llamado «capitalismo colonizador», el mundo dependiente no era un mercado rentable para la exportación de productos manufacturados. Los 300 millones de habitantes del subcontinente indio y los 400 millones de chinos eran demasiado pobres y dependían demasiado del aprovisionamiento local de sus necesidades como para poder comprar productos fuera. Por fortuna para los británicos en el período de su hegemonía económica la pequeña capacidad de demanda individual de sus 700 millones de dependientes sumaba la riqueza suficiente para mantener en funcionamiento la industria algodonera del Lancashire. Su interés, como el de todos los productores de los países del norte, era que el mercado de las colonias dependiera completamente de lo que ellos fabricaban, es decir, que se ruralizaran.

Todavía en 1960 más del 70 por 100 de la producción bruta mundial y casi el 80 por 100 del «valor añadido en la manufactura», es decir, de la producción industrial, procedía de los viejos núcleos de la industrialización de Europa occidental y América del Norte (N. Harris, 1987, pp. 102-103).

Eric Hobsbawm. La historia del S. XX.

 

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