-Dios es simple. Todo lo demás es complejo. No busques valores absolutos en el mundo relativo de la naturaleza”.

Estas filosóficas frases llegaron a mi oído cuando estaba yo en silencio, en el templo, ante la imagen de Kali*. Al volverme me hallé con un hombre alto cuya vestidura, o más bien su ausencia, lo revelaba como un vagabundo sadhu**.
-¡Usted con seguridad ha penetrado en mi descarriado pensamiento! -sonreí con simpatía-. La confusión entre la bondad y el aspecto terrible de la naturaleza, simbolizado por Kali, ha embrollado cabezas más sabias que la mía.

-“Pocos serán los que puedan resolver sus misterios. El reto del bien y del mal es el enigma que la vida coloca, como la esfinge, delante de cada inteligencia. Por no intentar ninguna solución tanto en los días de Tebas como en la actualidad, paga la mayoría de los hombres el error con su vida. Aquí y allá, surge una figura erguida y solitaria que jamás derrota; de la dualidad de Maya*** éste arranca la unidad de la verdad”.
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Habla usted con convicción, señor -dije yo.

-“Durante mucho tiempo he ejercitado una introspección regular y la penosa exquisitez que nos acerca a la sabiduría. El escrutinio del yo y la implacable observación de nuestros propios pensamientos es una experiencia de estirpe que pulveriza al más fuerte ego. El verdadero análisis del yo opera matemáticamente para producir videntes. El sendero de la expresión del yo, los conocimientos individuales, vienen a parar en el altivo egoísmo que se cree seguro de sus privadas interpretaciones de Dios y del Universo. La verdad se retira humildemente, sin duda alguna, ante tal arrogante originalidad.

-Yo estaba encantado con la discusión.-
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“El hombre no puede entender la eterna verdad hasta que él mismo se ha libertado de sus pretensiones. La mente humana, abandonada al lodo de las centurias, es fecundada con la repulsiva vida de incontables ilusiones mundanas. Las bregas en los campos de batalla palidecen por su insignificancia cuando el hombre contiende por primera vez con sus internos enemigos; éstos no son adversarios dominables por los recursos y arrogancias de la fuerza; omnipresentes, incansables, persiguiendo al hombre hasta en el sueño, sutilmente equipados con miasmáticas armas, estos soldados de la ignorante concupiscencia buscan la manera de herirnos a todos. Insensato es el hombre que entierra sus ideales, rindiéndose al hado común. ¿Podrá entonces parecer otra cosa que un impotente, flojo e ignominioso ser?”
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-Respetable señor, ¿no tenéis simpatía por las descarriadas masas? -pregunté yo.

-“­Amar conjuntamente al invisible Dios, depositario de todas las virtudes y al hombre visible que aparentemente no posee ninguna, es algo contradictorio. Pero la ingenuidad es igual a la perplejidad. La indagación interna pronto exhibe la unidad de todas las mentes humanas -el parentesco del estrecho egoísmo-, porque en un sentido al menos, la fraternidad de los hombres está revelada; y una estupefacta humildad sigue a este nivelador descubrimiento, que madura en compasión para el prójimo, ciego de las potencias curativas del alma que esperan exploración”.

-Los santos de todas las edades, señor, han sentido como vos la tristeza del mundo.

-“­Sólo el hombre superficial ha perdido la capacidad de responder a las penas de otras vidas, a medida que se sumerge en la estrechez de sus propios sufrimientos”.

-El austero rostro del “sadhu” se suavizó notablemente-. “Quien practica con escalpelo la autodisección conocerá por expansión la piedad universal; y este consuelo se le da contra las sordas demandas de su ego. Es así como florece el amor de Dios en semejante suelo. La criatura finalmente se vuelve a su Creador, si no por otra razón, cuando menos para pedir con angustia: ¿Por qué, Señor, por qué? Bajo los innobles latigazos de la pena, el hombre es conducido finalmente a la Presencia Infinita, cuya belleza sola puede atraerle”.

El sabio y yo estábamos presentes en el templo Kalighat, de Calcuta, cuyas magnificencias había ido a ver. Pero con gesto cortante, mi ocasional compañero hizo a un lado la dignidad del ornato.

-“­Ladrillos y morteros no cantan para nosotros su acorde; sólo el corazón se abre al canto humano del ser”.
-Vagábamos por la invitadora resolana de la entrada y por donde multitud de devotos iban y venían.- “­Usted es joven” -el sabio me examinaba pensativamente-. “La India también es joven. Los antiguos rishis dejaron los inmarcesibles modelos de la vida espiritual; sus añejos aforismos bastan para hoy y para el país. Sus preceptos disciplinarios siempre aplicables y muy conscientes de los engaños del materialismo moldean aún a la India de hoy día. Por milenios -muchos más de los que computan los perplejos eruditos- el escéptico tiempo ha revalidado el mérito de los Vedas. ¡Tómalos por herencia tuya!”

Autobiografía de un Yogui. Paramahansa Yogananda 

*Kali: Kali representa el principio eterno dentro de la naturaleza. Tradicionalmente está representada con cuerpo de mujer y cuatro brazos, de pie sobre la forma del dios Shiva o el Infinito, porque la naturaleza o el mundo fenomenal está enraizado en el nóumeno. Los cuatro brazos simbolizan los atributos fundamentales: dos benéficos, dos destructivos, indicando la esencia dual de la materia o creación.

**Sadhu: anacoreta, uno que practica sadhana o un sendero de disciplina espiritual.

***Maya: Ilusión cósmica: literalmente “el Medidor”. Maya es el poder mágico de la creación por el cual las imitaciones
y divisiones están aparentemente presentes en lo Inconmensurable y lo inseparable. Emerson escribió el
siguiente poema al que dió título de Maya:
La Ilusión trabaja impenetrable,
tejiendo sus urdimbres incansables;
sus alegres pinturas nunca fallan,
y reproducen otras, velo tras velo,
como un Encantador que al hombre obliga, a creer, si su sed quiere ser decepcionada.

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