Érase una vez un ornitorrinco…

Érase una vez un ornitorrinco. Érase una vez un ornitorrinco en el bosque, un ornitorrinco en el bosque que huía. Huía de los estrépitos ocasionados por máquinas. Érase una vez un humano que sostenía un arma implacable y no era conciente de ello. Un humano que no era conciente y tomó lo que no debía. Érase una vez un humano, que hizo lo que no debía y acalló a muchos de sus hermanos; sus hermanos perecieron de silencio. Érase una vez que un humano se creyó como la justicia, comportándose ciegamente. Érase una vez que cierta mente ilustrada combatió la pobreza, la marginalidad y el odio, el odio que padecen muchos. Érase una vez que muchos se recostaron en una calle, desnudos como acto público de protesta, y se veían como Adan y Eva antes del pecado. Érase una vez el pecado, después, el mundo. Érase una vez un mundo lejano y lleno de vida, que un día en el tiempo universal, desfalleció por colapso y renació por amor.

Érase una vez aquel niño nacido por el amor de sus padres, que bien tuvieron en sus proyectos, esta hermosa criatura. Vieron que era de piel rosada. Apenas si se valía de unos pocos movimientos, algunas expresiones mínimas como el llanto y la tenue sonrisa, sin embargo, vieron la vida. Érase una vez la vida en el cielo celeste, en la tierra negra, en el aire fresco y en el mar verde. Érase un mar verde, bullicioso e inmenso, érase el horizonte junto a él y junto a él toda mi conciencia. Érase una vez una conciencia limpia que iba por el mundo sin tacha, que al ensuciarse por los roses se limpiaba. Érase una conciencia limpia, porque se limpiaba. Limpiaba mi amigo con el sudor en la frente, una madre apostada en la orilla, un extranjero limpiaba. Y yo en mi rincón limpio como ellos, lo que el sudor, la orilla y lo desconocido no limpia.

 

Origen: Érase una vez un ornitorrinco…

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