Si quiere paz o democracia, comience una guerra

Raro, verdad? Lo cierto es que la fundación de los ejércitos, entre otras variables como la de colonizar y dominar, se amalgaman desde la base, con la idea del cuidado de cierto “estado de las cosas” de un grupo humano. Podría ser la integridad física de sus integrantes, un territorio o un régimen social y político; en fin, la idea de la necesidad de defensa también es fundante de los ejércitos.

Hoy en día podemos ver claramente, como los discursos bélicos se tiñen de justicia y humanismo. Desde las guerras preventivas, embanderadas en la defensa de la democracia, la libertad y la paz (también en cristo), hasta las intervenciones de los cascos azules en misiones de “paz”; aquí y allá, no hay quién este exento de una posible guerra. Incluso se habla de guerra al narcotráfico, guerra a la pobreza. De alguna guerra, va a participar, este seguro. Y para eso, necesita armas.

Pero, a dónde nos lleva todo esto? A quedar todos ciegos como decía Gandhi? El punto es que al fuego no se lo mata con más fuego. La legitimación de la necesidad de la guerra, es casi incuestionable. Ya sea por un grupo terrorista o una posible amenaza en el intento de equiparación de poder bélico (resáltese intento), la guerra es una carta cada vez más usada. Qué demanda la guerra además de vidas humanas? Inversión, gasto, armas? Qué hay después de una guerra? Paz? No, hay trofeo de guerra, pero no paz.

Siempre que escuche guerra, lo que no va a escuchar y ver es todo lo que la sostiene. Para llevar adelante una guerra, hay que ser rico. Los pobres no hacen guerra. Los pobres mendigan o trabajan por sueldos irrisorios, manteniendo el precio de mercado del salario bajo; los ricos son los que pueden hacer guerras. Ahora, aunque minimamente hagamos una distinción justa, están los que diseñan las guerras y los que asesinan y mueren en ellas.

 

Para qué una guerra?

 

Las guerras pueden empezar por varios motivos, siempre todos dementes, pero la grandilocuencia, a proliferado en el argumento de sus buenas razones. A pesar de ello, podemos sintetizar en dos grandes móviles: la inversión que genera deuda y el después del conflicto, el trofeo. En este punto, nos referimos claramente a los que diseñan, porque la propaganda, para captar voluntades en una empresa absolutamente demente, tiene que conquistar por varias vías. Ya lo vimos antes, la defensa de una idea, la defensa ante una amenaza abominable que le depara si no actúa, etc.

El trofeo, va desde los propios humanos, hasta el territorio, sus riquezas, el borramiento de una cultura (que deriva en la total esclavitud), la creación de mercados, el dominio político, económico, un enclave geopolítico, etc. Parte de la paga de las inversiones está aquí. La reconstrucción de las ciudades, la instalación de nuevas empresas multinacionales en territorios antes cerrados, y lo que hoy vemos con gran consternación, la instalación de conflictos permanentes. La financiación de un conflicto que no finaliza y se extiende en el tiempo, lo que es bastante ajustado a esta nueva coyuntura bélica.

La producción de inestabilidad interna permanente, permite la no gobernabilidad y con el paso del tiempo, lleva a las poblaciones, a condiciones infrahumanas. Existe una afluencia de capitales, de armas, de medios tecnológicos y de humanos constante, en ciertas zonas del globo. Se da paso a la brutalidad y desdibujamiento de las “causas primeras” y todo termina en el océano del caos. Por esto, se justifica una vez más, la intervención, ahora legal, de los estados y de los organismos supranacionales; por ende, más guerra.

 

No use un cuchillo para tomar sopa

 

Sencillo, si quiere paz, no arme ejércitos. Si habla de paz, no produzca armas. Si busca la paz, no justifique la guerra.

En estos tiempos, tenemos más posibilidades de persuasión que en otras épocas. La interrelación de las economías y de los pueblos, es cada vez mayor. La posibilidad de ejercer presión por medios pacíficos, es cada vez más clara y más sofisticada, de hecho, ya lo hemos presenciado. Los bloqueos económicos, son parte de ello. Pero evidentemente, jamás se van a referir sobre el verdadero problema.

La industria bélica, mueve millones de dólares por día, por hora. El costo de las bombas que en minutos desaparecen, es de cifras que en dólares, pueden superan los 5 dígitos con facilidad. Después la infraestructura: desde dónde se tira la bomba, quién la tira, etc. Es poco probable que un falso pacifista hable de esto. Puede que se refiera a la peligrosa producción de armas de otro estado, pero nunca hablará de la industria y su financiación.

Por el momento, la sofisticación de la industria bélica, continua en línea ascendente. Ascendente en todos sus términos. Porque no hay, que bien podría ser, una producción de  armas no letales. Por el contrario, la atrocidad de esta tecnología, va en aumento.

Pero claro, qué gobernante que hable de guerra, puede mencionar armas que no sean letales, si la idea intrínseca de la guerra es la muerte?

Cuando se hable de guerra, jamás, ni por asomo, crea que la paz o cualquier otro valor ético sustenta esas palabras. No es ese, su propósito.

La inteligencia humana se coarta así misma cuando cierra sus propias fronteras y se dispone entre “la espada o la pared”.

La cultura va generando ciertos conductos por donde circula el sentido y valor de las cosas. Una de las ganancias del ser humano retrogrado, es cerrar y escasear estos conductos, minimizándolos a la estrechez y homogeneidad.

Así, casi por descarte, parece que la vía para mantener la paz o la democracia, son en boca de los dirigentes mundiales, las armas y los ejércitos.

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