“El señor Poiret era una especie de máquina. Viéndola deslizarse como una sombra gris a la largo de una avenida deI Jardin Botánico con la cabeza cubierta por una vieja y flacida gorra, sosteniendo apenas en su mano un bastón de puño de marfil amarillento, dejando flotar los faldones arrugados de su levita que escondia mal unos pantalones casi vacíos y piernas con medias azules que temblaban como las de un borracho, mostrando su chaleco blanco sucio y su pechera de tosca muselina encogida que se unía imperfectamente con su corbata anudada alrededor de su cuello de pava, muchas personas se preguntaban si aquella sombra chinesca pertenecia a la raza audaz de los hijos de Yahvé que pululaban por el Boulevard italiano. Qué trabajo había podido arrugarlo de tal modo? Qué pasión había abultado su faz bulbosa que, como caricatura, habría parecido inverosímil? Qué había sido? Quizás empleado deI Ministerio de Justicia, en alguna oficina donde los verdugos envían las listas de sus gastos, las cuentas de las provisiones de velos negros para los parricidas, de salvado para los cestos, de bramante para los cuchillos. TaI vez habia sido recaudador en las puertas de algún matadero, o subinspector de salubridad. En fin, este hombre parecía haber sido uno de los asnos de nuestro gran molino social, uno de esos ratones parisienses que no conocen siquiera sus Bertranes, algún eje sobre el cual habían girado los infortunios o las suciedades públicas, uno de esos hombres deI que decimos al verlos: sin embargo es necesario que exista gente así.”

Balzac en: Papa Goriot

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