Entra la luz y me recuerdo; ahí está.

Empiezo por decirme su nombre, que es (ya se entiende) el

mío.

Vuelvo a la esclavitud que ha durado más de siete veces diez

años.

Me impone su memoria.

Me impone las miserias de cada día, la condición humana.

Soy su viejo enfermero; me obliga a que le lave los pies.

Me acecha en los espejos, en la caoba, en los cristales de las

tiendas.

Una u otra mujer lo ha rechazado y debo compartir su

congoja.

Me dicta ahora este poema, que no me gusta.

Me exige el nebuloso aprendizaje del terco anglosajón.

Me ha convertido al culto idolátrico de militares muertos, con

los que acaso no podría cambiar una sola palabra.

En el último tramo de la escalera siento que está a mi lado.

Está en mis pasos, en mi voz.

Minuciosamente lo odio.

Advierto con fruición que casi no ve.

Estoy en una celda circular y el infinito muro se estrecha.

Ninguno de los dos engaña al otro, pero los dos mentimos.

Nos conocemos demasiado, inseparable hermano.

Bebes el agua de mi copa y devoras mi pan.

La puerta del suicida está abierta, pero los teólogos afirman

que en la sombra ulterior del otro reino estaré yo,

esperándome.

 

J. L. Borges

 

 

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